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miércoles, 26 de abril de 2017

MANUEL GONZÁLEZ HIERRO

GONZÁLEZ HIERRO, Manuel
[Guadalajara, 10 de junio de 1825 / mayo de 1896]

Pedro Manuel González Hierro nació en Guadalajara el 10 de junio de 1825, en la llamada casa de la Botillería, y falleció en la misma ciudad el 27 de marzo de 1896. Era hijo de Antonio González y de Marta Hierro y contrajo matrimonio con Juana Melgar Chicharro, con la que no tuvo hijos.
Fue concejal de la capital alcarreña, diputado provincial y diputado en el Congreso por la circunscripción de Guadalajara, siempre militando en las filas del Partido Republicano Federal del que fue su líder más destacado en toda la provincia durante la segunda mitad del siglo XIX, además de uno de los médicos más queridos en la provincia y de ser redactor y director de diversas publicaciones.
Se instruyó en la ciudad de Guadalajara hasta que en 1842 marchó a Madrid para cursar la carrera de Medicina. Para costearse sus estudios, desde su segundo curso universitario simultaneó su aprendizaje en las aulas con su trabajo como practicante en el Hospital de San Carlos. Acabados con provecho sus estudios, regresó a Guadalajara, residiendo en el número 21y 23 de la Calle Mayor Alta semiesquina con el Jardinillo de San Nicolás, en donde años después estuvo el Casino de la ciudad.
En la ciudad arriacense ejerció la medicina durante casi medio siglo, destacando por su espíritu filantrópico, que le llevaba a atender a los más necesitados de forma gratuita y, en muchas ocasiones, a pagar de su bolsillo los gastos de cuidados y medicinas, un comportamiento que le hizo ganarse el cariño y la gratitud de las clases populares arriacenses. Además, se prestó voluntariamente para atender a los enfermos afectados por la epidemia de cólera de Loranca de Tajuña y la de viruela de Molina de Aragón, siendo condecorado por ello con la cruz de Isabel la Católica y la placa de la Orden de Carlos III, honores que rechazó por coherencia republicana.

Su acción política
Desde su paso por las aulas universitarias destacó por su adhesión a las ideas democráticas, consiguiendo ganarse la confianza y amistad particular de José María Orense y, sobre todo, de Francisco Pi y Margall, al que siempre fue leal en las filas del republicanismo federal. Participó activamente desde las barricadas en las frustradas jornadas revolucionarias de 1848 y, veinte años después, fue miembro de la Junta Revolucionaria alcarreña nacida de la Revolución Gloriosa de septiembre de 1868. Reorganizada la Milicia Nacional en 1869, fue elegido jefe de los Voluntarios de la Libertad de Guadalajara y no dudó en salir a combatir personalmente la reacción carlista en defensa de la República.
Durante el Sexenio Revolucionario presidió la Junta Provincial Republicana, en la que le acompañaban Inocente Fernández Abás como vicepresidente, Benito Manzano y Eduardo Calamita como secretarios, Cesáreo Cana, Fidel López Cortijo, Tomás Guijarro, Julián Baños, Federico Bru y Cesáreo Jimeno como vocales, y Juan Paniagua como tesorero. El Comité Local de la capital alcarreña lo componían Hilarión Guerra Preciado, Gregorio Herráinz, Emilio Carrasco, Vicente García Ron, Crispín Ortega, Agapito Gutiérrez y Fernando Artega. Así pues, con la proclamación de la Primera República pasó al primer plano de la actividad política alcarreña, siendo elegido diputado por Guadalajara en las elecciones a Cortes Constituyentes republicanas del 10 de mayo de 1873, con una amplísima mayoría, aunque la rápida disolución de la Cámara le impidió destacar en la acción parlamentaria.
Durante la Restauración siguió militando activamente en las filas del republicanismo federal, presentándose con éxito a los comicios para diputado provincial, en 1883 como candidato republicano y en 1886 en una candidatura pactada con los liberales, permaneciendo varios años en la Diputación provincial. No fue elegido concejal en las elecciones municipales convocadas en 1891, las primeras que se celebraron con sufragio universal masculino, pero gano el acta para el concejo arriacense en los comicios celebrados dos años después. No hay mejor prueba de su prestigio y del eco que encontraban sus ideas entre los guadalajareños que esta declaración de Juan Diges Antón: “solamente D. Manuel González Hierro puede presentar lucida hueste [entre los partidos políticos], pues él solo capitanea 300 federales, aumentados todos los días con nuevos adeptos”.
Hasta el final de sus días, siguió siendo el más destacado dirigente del Partido Republicano Federal en la provincia alcarreña, y uno de los más destacados militantes republicanos. Ya en mayo de 1886 participó, con Miguel Mayoral, en los actos celebrados en Madrid para ratificar la coalición republicana que ese año firmaron, entre otros, Nicolás Salmerón, Francisco Pi y Margall o Laureano Figuerola. Siempre fiel a ese espíritu unitario, en 1893 formó parte de la Junta Directiva del Círculo Republicano de Guadalajara, que agrupaba a todas las tendencias republicanas, junto a personalidades como Miguel Mayoral Medina, Manuel Diges Antón o Ángel Campos García.

Su labor cultural
Activo propagandista, siempre difundiendo su ideario federal, tuvo una destacada actividad periodística. En el Sexenio Revolucionario fue director de La Voz de la Alcarria, que seguramente fue el periódico político más antiguo de la provincia, y que supuso un cambio significativo en la prensa provincial, que se convirtió desde entonces en altavoz de ideas políticas, abandonando una supuesta neutralidad ideológica. Después siguió escribiendo en la prensa progresista de Guadalajara y fue redactor de La Verdad, un semanario republicano fundado en 1880 por el tipógrafo Tomás Gómez y que dirigía el diputado Calixto Rodríguez, colaborador de Flores y Abejas, etc.
Pero, sobre todo, en 1892 y 1893 fue director de El Atalaya de Guadalajara, periódico fundado por Ángel Campos que durante esos años actuó como portavoz de los republicanos en la provincia alcarreña. No hay mejor prueba de su honestidad y de su respeto a la libertad de prensa que la dimisión de su cargo de director de El Atalaya de Guadalajara desde que fue elegido concejal en esta ciudad, con el propósito de evitar que su labor política en el Ayuntamiento interfiriera en la objetividad con la que el periódico debía tratar los asuntos municipales.
Como orador participó en numerosos mítines y actos por toda la provincia hasta su muerte, ganándose el reconocimiento público por sus virtudes humanas, su generosidad como médico y su defensa de los intereses de la provincia, como se puso de manifiesto a su muerte, acordando el pleno municipal poner su nombre a una de las plazas del centro urbano.
También fue presidente del Casino de la capital y en 1892 fundó y presidió la Asociación Médico-Farmacéutica de Guadalajara, que fue la primera agrupación corporativa del personal sanitario de la provincia, y que tuvo al periódico El Atalaya de Guadalajara como su portavoz; bajo su presidencia, reunió a todos los médicos de la provincia con la única excepción de cinco facultativos del partido judicial de Cogolludo y a todos los farmacéuticos, excepto dos. En esos años también fue vocal de la Junta Provincial de Sanidad.
JUAN PABLO CALERO DELSO

lunes, 24 de abril de 2017

MANUEL JUAN FERNÁNDEZ MANRIQUE

FERNÁNDEZ MANRIQUE, Manuel Juan
[Condemios de Arriba, 1828 / Madrid, noviembre de 1861]

Manuel Juan Fernández Manrique nació en 1828 en el pueblo de Condemios de Arriba, al norte de la provincia de Guadalajara, y falleció en Madrid en noviembre de 1861. Su familia era una de las más ilustres de su comarca natal y ocupó diversos cargos institucionales de importancia durante las primeras décadas del siglo XIX; con el mismo nombre y apellidos hubo un canónigo que en 1813 fue diputado a Cortes por Guadalajara y miembro de la primera Diputación Provincial de Cuenca.
No era tan halagüeña la situación económica de su padre, Juan Pedro Fernández Manrique, que en 1845 se dirigió al Ayuntamiento de Atienza, donde residía, explicando que era “pública y notoria la escasez de recursos” que padecía, hasta el punto “de sufrir las mayores privaciones, siéndole imposible de modo alguno sostener el lugar y rango que por su familia le corresponde”, escenario lamentable que el alcalde atencino reconocía al informar en 1845 que, aunque pertenecía a una “de las familias principales y más distinguidas que ha habido” en Atienza, “por razón a las circunstancias, desde principios de siglo han venido tan a menos sus intereses y fortuna, que en la actualidad es un pobre como se titula, sin conocer otros recursos más para subsistir que la única casa en que habita”.

Sus estudios
Realizó sus primeros estudios en el Seminario conciliar de San Bartolomé de Sigüenza, donde estuvo matriculado desde 1837 hasta 1839 sin llegar a recibir las órdenes sacerdotales; este último año se instaló en Valladolid con el propósito de cursar allí la carrera de Derecho, aunque en 1840 se trasladó a Madrid para proseguir sus estudios en la Universidad Literaria de la capital del reino, pasando a residir en el número 3 de la Plaza de la Villa. Las privaciones de su familia dificultaron sus estudios superiores, y en la citada exposición al Ayuntamiento de Atienza, su padre se quejaba con amargura que llegaba “a tanto su penosa situación de no poder sostener la carrera de Jurisprudencia a su hijo único”, y que éste “para proporcionarse sus escasos alimentos y no verse precisado a abandonar la carrera, tiene que sujetarse a escribir en cualquier establecimiento y, por medio de un trabajo ímprobo, adquirir su más penosa subsistencia”.
A pesar de que sabemos que algunas veces no pudo afrontar los gastos de la matrícula universitaria antes de su vencimiento y que en otras ocasiones tuvo que realizarlo abonándolo en varios plazos, finalmente obtuvo el grado de Bachiller en Leyes en noviembre de 1845 y se licenció en Derecho el 11 de julio de 1846, habiendo obtenido nota de sobresaliente en todos los cursos. Una vez terminados sus estudios, ejerció como abogado en Madrid hasta su fallecimiento.

Su actividad política
Siendo aún muy joven sintió inclinación por la escritura y en 1844 publicó el primer volumen de Cristina. Una historia contemporánea, una obra que estaba dedicada a la antigua regente y madre de Isabel II, la reina María Cristina de Borbón. Al año siguiente vio la luz un segundo tomo, ambos editados por la Sociedad Literaria de Madrid en la imprenta que en la calle San Roque tenía Wenceslao Ayguals de Izco, un literato hoy poco apreciado pero que con su novela María o la hija de un jornalero inauguró en 1845 la literatura social contemporánea en lengua castellana.
La extensa biografía de la Reina Regente, de la que Manuel Juan Fernández Manrique era autor, se publicó en un momento afortunado, que otros considerarán oportunista, pocos meses después de que en 1843, tras la caída del general Baldomero Espartero, los moderados iniciasen una larga etapa de gobierno bajo el liderazgo del general Ramón María de Narváez, que permitió que María Cristina de Borbón volviese de su exilio y recuperase la tutela efectiva, que no legal, de su hija, que juró la Constitución y comenzó su reinado efectivo el 23 de julio de 1843.
El autor, que no esconde su simpatía por la reina y su afinidad con el partido moderado, reconoce ese papel tutelar de la reina madre, y afirma que "la ilustre Princesa, cuya historia nos proponemos trazar, inauguró nuestra regeneración política; y combinando su existencia con la de esta última, la dio impulso, fomento, vida". Y aún añade más adelante: "María Cristina, lo repetimos, ha influido sobrado directamente en la suerte de nuestro país […] un nombre que ha presidido a los combates, alentado al noble y esforzado soldado para obtener inesperados triunfos; un nombre que se ha invocado en las grandes crisis, en las terribles conmociones que parecían tender a destruir los cimientos de una nación", un papel que estaba lejos de lo que se esperaba de un monarca constitucional, y mucho más si sólo era regente.
Más allá del éxito que le brindó la oportunidad política del momento, no debió de tener mucho éxito con esta primera obra, pues no volvió a publicar ningún otro libro de historia, aunque sabemos que comenzó una Historia militar de España en el siglo XIX, obra que dejó inacabada pero en la que trabajó varios años, pues llegó a solicitar y obtener del Ministerio de la Guerra que “se le faciliten los planos, memorias y noticias que necesite para la redacción de la obra [...] pero con la restricción de que esta gracia no sea extensiva á los planos y documentos que a juicio de los jefes de las expresadas dependencias tengan el carácter de reservados”, según una Circular que el citado Ministerio dirigió al Capitán General de Castilla la Nueva y que estaba fechada el 20 de octubre de 1852.
Mantuvo, sin embargo, una marcada afición por los asuntos políticos que canalizó a través de la prensa, colaborando activamente con diversos periódicos y revistas, entre las que destaca El Occidente, un reconocido portavoz del partido moderado del que era propietario Cipriano del Mazo y de cuya redacción formó parte Manuel Fernández Manrique, junto a otros personajes destacados como Luis González Bravo, hasta que tuvo que abandonar temporalmente la capital del reino para cuidar de su delicada salud.
Restablecido de su enfermedad, siguió vinculado a la prensa moderada, y podemos encontrar artículos suyos en varias publicaciones, entre las que destaca el diario La Época, uno de los más importantes de su época. También lo hizo como abogado, y por eso en 1858 ejerció como representante de Dionisio López Roberts, director de El Diario Español, en su demanda contra Manuel Franco, editor del periódico absolutista La Regeneración, consiguiendo para su representado las explicaciones públicas suficientes para que el enfrentamiento entre uno y otro medio de comunicación no llegase a los tribunales.
Sin embargo, no parece que se viese tentado por la política institucional y no ocupó ningún cargo ni de representación ni administrativo, a pesar de su relación con el partido moderado, que gobernó el país durante tantos años. El único rastro que hemos encontrado de activismo político fue su firma junto a la del diputado alcarreño Manuel Ortiz de Pinedo y algunos políticos más en una petición de indulto para Nicolás Chapado, un guardia con una intachable hoja de servicios y condecorado en combate que fue condenado a muerte por enfrentarse a un sargento que le maltrataba; finalmente, el indulto de la reina llegó a tiempo.

Su obra como jurisconsulto
Manuel Juan Fernández Manrique destacó por ser el autor de dos importantes obras de carácter teórico y espíritu práctico: un Diccionario de Hacienda y, sobre todo, sus Elementos de Derecho Público Español, que se publicaron por entregas a partir de la primavera de 1847, con el propósito declarado de completar dos volúmenes con 20 ó 24 entregas, cada una de las cuales tendría 16 páginas y se vendería al económico precio de un real. La obra recibió generosos elogios en la prensa de su tiempo y, por ejemplo, El Eco del Comercio comentaba que “esta obra, cuya utilidad é importancia se manifiestan con la sola enunciación de su titulo, creemos la hará más recomendable á nuestros abogados la circunstancia de no haber en España, y principalmente en esta corte, otra original que abrace la multitud de principios que se han emitido por los jurisconsultos de más crédito y que discuta los inconvenientes de algunas opiniones que el progreso intelectual de esta época ha modificado. Todo esto, unido al buen concepto que su joven autor ha sabido adquirirse, hace esperar que la obra anunciada sea favorablemente recibida por el público”.
Esta buena opinión se mantuvo a lo largo del tiempo, y al año siguiente, con motivo de la publicación de una nueva entrega, se podía leer en El Espectador: por ahora nos limitaremos á decir que si el señor Manrique emplea en lo sucesivo el mismo criterio, la misma atención asidua y laboriosa que hasta aquí, no dudamos en asegurar que su obra alcanzará un porvenir brillante y dará un impulso necesario á los estudios sociales y políticos tan importantes como poco atendidos entre nosotros”. Un criterio que compartía El Popular, señalando que “en lo que va publicado de esta obra abundan las consideraciones filosóficas y se notan un estilo nervioso y didáctico y un método severo que facilita mucho la comprensión de las doctrinas”.
Sin embargo el ritmo de la edición de las diferentes entregas era tan lento que, más de un año después de su aparición, la obra estaba lejos de culminarse y ya se oían algunas quejas: Su lectura nos ha hecho concebir la esperanza de que esta clase de producciones se eleven en nuestro país á la altura á que han llegado en otros pueblos de Europa. ¡Mas al observar la lentitud con que el señor Manrique la imprime, podremos considerar muy dichosos á nuestros nietos si tienen la fortuna de alcanzar su conclusión!”, decía con ironía El Clamor Público.
En abril de 1859 dio a la imprenta su Diccionario de Hacienda, obra también por entregas con artículos dispuestos por orden alfabético en los que se trataba cada concepto desde una triple visión: doctrinal, histórica y preceptiva. Se abría con los correspondientes a “Acuñación de monedas” y “Administración de la Hacienda”, y quizás escarmentado por los retrasos en las entregas de sus Elementos de Derecho Público español, para el Diccionario de Hacienda se impuso un ritmo más constante, y cada mes salió de la imprenta una nueva entrega: la tercera en abril, la cuarta sobre la “Administración de Aduanas” en mayo, en junio la quinta entrega ese verano la sexta y séptima y en septiembre la octava, dedicada a los “Administradores de Hacienda”, y en octubre y noviembre la novena y décima entrega. Sin embargo su muerte prematura le impidió completar su obra.
También este Diccionario recibió generosos elogios en la prensa. En El Clamor Público se decía que su “utilidad es incontestable sí se tiene presente que se reúnen metódica y ordinariamente las numerosas disposiciones rentísticas que rigen cada uno de los ramos de hacienda”, y añadía que “este trabajo revela un profundo estudio, un criterio muy exacto en las materias económicas, y grande perseverancia en su autor para marcar el origen de cada asunto rentístico, y sus articulaciones en la escala del tiempo, siguiendo con observaciones atinadas las lagunas que alguna vez se advierten en nuestra historia y en nuestra legislación”, calificando el proyecto como “una verdadera enciclopedia de Hacienda”.
JUAN PABLO CALERO DELSO

sábado, 22 de abril de 2017

MANUEL DIGES ANTÓN

DIGES ANTÓN, Manuel
[Guadalajara, 1864 - 7 de septiembre de 1922]

Manuel Diges Antón nació en Guadalajara en 1864 y falleció en la misma ciudad el 7 de septiembre de 1922. Formaba parte de una familia numerosa con sus hermanos José, que se casó con Amparo López Moya, María, casada con Pedro Pérez Caja, Cándido y Juan Diges Antón, uno de los más eruditos y activos defensores del patrimonio artístico de la capital alcarreña de su tiempo. Contrajo matrimonio con Encarnación López Moya, con la que no tuvo hijos.
Estudió Magisterio en la Escuela Normal de Guadalajara, como sus hermanos José y Juan, y en 1881 abrió su propio colegio de primera enseñanza, situado en el número 5 de la céntrica Plaza de Moreno, en el que ofrecía también clases de repaso de algunas asignaturas de segunda enseñanza. Allí ejerció la docencia hasta que en el verano de 1898 traspasó el centro educativo a Julián Jimeno Gargallo, director de la Escuela Normal alcarreña.
A partir de ese momento se dedicó a la administración de una fábrica de harinas de propiedad familiar, bajo el nombre comercial de La Amparo, una panificadora anexa y una vaquería, de las que también era propietario, además de disponer de varias fincas agrarias. Esta ocupación le acarreó algunos problemas durante las crisis de subsistencias, pues fue criticado públicamente por compatibilizar su cargo de concejal con el de industrial harinero.
Tuvo éxito en su nueva faceta profesional, como se demostró en la gran exposición de ganados y maquinaria agrícola que se organizó en Madrid en mayo de 1907, en la que el rey Alfonso XIII le hizo entrega de un premio por presentar al certamen un magnífico ejemplar de vaca de raza holandesa, excepcionalmente dotada para dar leche, que fue ensalzado por el jurado.
Además, constituyó la empresa Diges, Núñez y Compañía que en 1908 proporcionó por primera vez energía eléctrica a Guadalajara con la potencia suficiente como para impulsar el desarrollo industrial de la ciudad.

Su acción política
Reconocía que era federal “desde que se anda solo”, y no le faltaba razón. Con solo veinte años aparecía en la portada del diario federal madrileño La República a la cabeza de una lista de “la juventud de Guadalajara” que aportaba dinero para una suscripción a favor de las familias de dos oficiales del Ejército fusilados en Gerona por sumarse a un pronunciamiento republicano.
Desde entonces fue el representante de los republicanos de Guadalajara, y en especial de los federales, en cuanta reunión se celebraba en el país. En 1896 se integró en la llamada Asamblea Federal, una corriente a la izquierda del Partido Republicano Federal que se opuso a Francisco Pi y Margall, y firmó como delegado provincial, con Damián Castillo, el manifiesto en el que mostraban públicamente sus discrepancias con el antiguo presidente de la República.
En 1903 representó al Comité de Fusión Republicana y a los concejales republicanos de la capital alcarreña en la Asamblea Magna de Unión Republicana. También acudió como delegado de Guadalajara a la Asamblea de Unión Republicana de junio de 1907 y volvió a ser elegido en 1908 representante de Guadalajara en la Junta Central del Bloque Republicano. Igual representación ostentó en la Asamblea de Unión Republicana de 1911 y en la Conferencia republicana de enero de 1914. Y todavía el 28 de enero de 1914 se celebró en Madrid una “conferencia de partidos autónomos republicanos, para ver la manera de ponerse de acuerdo y lograr la creación de un partido único”, a la que no concurrieron los radicales de Alejandro Lerroux, y en la que Manuel Diges Antón fue elegido vicepresidente de la Mesa que presidió las sesiones.
Esta proyección nacional se basaba en un evidente liderazgo en la provincia alcarreña y, sobre todo, en su capital, un bastión del republicanismo hispano. Ya en 1893 fue nombrado secretario de la Unión Republicana provincial, una alianza electoral conjunta de los republicanos para los comicios legislativos y provinciales que se celebraron ese año. Poco después fue elegido para integrarse en la Junta Directiva del Círculo Republicano de Guadalajara, junto a personalidades como Manuel González Hierro, Miguel Mayoral Medina o Ángel Campos García. Así que no es de extrañar que cuando el 19 de octubre de 1901 se reunieron los republicanos de la capital provincial, eligiesen como presidente de su comité a Manuel Diges. Esta jefatura era reconocida por las distintas corrientes del republicanismo, como se puso de manifiesto en 1904 con la elección de una nueva Junta Municipal Republicana, cuyo presidente honorario era Nicolás Salmerón, y que estaba encabezada por Manuel Diges junto a Tiburcio Montalvo, Lino Agustín, Benito Gutiérrez, Rafael Alba y José Pajares, que pertenecían a diferentes sensibilidades antimonárquicas.
Incluso cuando a partir de 1905 los republicanos de Guadalajara perdieron todo su protagonismo político arrollados por el caciquismo liberal del conde de Romanones, se podía leer en la prensa local que "los que profesando ideas republicanas quieran inscribirse en el censo del partido, pueden hacerlo en casa del secretario D. Tomás de la Rica, Barrionuevo baja, Escuela laica. Aquellos otros que por circunstancias especiales no puedan o no quieran figurar en el censo oficial, pueden inscribirse en el censo secreto, a cuyo efecto se avistarán con el presidente del partido D. Manuel Diges".
Este ascendiente político se cimentaba por su labor como concejal en el municipio arriacense, que fue muy destacada, aunque no siempre fuese acertada. En el verano de 1902 se opuso al liberal Miguel Fluiters cuando éste propuso que las fiestas de la ciudad se trasladasen al mes de septiembre, pues al celebrarlas en octubre, como era tradicional, se malograban muchos espectáculos y actividades por las lluvias, mientras Manuel Diges defendía que se mantuviesen las celebraciones en las fechas habituales. Otras fueron más acertadas, aunque no pudiesen llevarse a la práctica, como su iniciativa para fundar una biblioteca municipal.
De las numerosas mociones de gran calado ideológico, destacamos la que presentó para suprimir el impuesto de consumos, modificando en este sentido los Presupuestos Generales del Estado, merma que se compensaría con una economía de 45 millones en los sueldos de la Casa Real, supresión de generales, catedrales, obispados y arzobispados, de Delegaciones de Hacienda y empleos inútiles en un 40 por ciento y revisión de clases pasivas y de otros 45 millones elevando el impuesto y utilidades de la Deuda y Renta pública, Bancos y Sociedades y descubriendo la riqueza oculta; y para resarcir a los Ayuntamientos, elevar el impuesto de Cédulas y recargos de contribuciones, erradicar en los presupuestos municipales los gastos de festejos y suprimir las Diputaciones.

Su etapa en la alcaldía
Manuel Diges mostró una temprana vocación municipal; en los comicios de 1891, los primeros de la Restauración con sufragio universal masculino, se presentó como candidato republicano por el Cuarto Distrito, pero los 64 votos obtenidos no fueron suficientes para que entrase en el concejo arriacense y fue derrotado por Benito Sáenz de Tejada y Santos Bozal Moreno.
No volvió a concurrir hasta las elecciones municipales del año 1899, en las que se presentaron en Guadalajara los candidatos republicanos José Adán, Severiano Sardina, Lino Agustín, Félix Alvira, Rafael de la Rica, Manuel Diges y Ángel Blanco, junto a los liberales Miguel Fluiters, Ezequiel Osona y Manuel de la Vega y los conservadores Manuel María Vallés y Juan Miranda Olave. Los republicanos obtuvieron una amplia victoria y se convirtieron en el grupo municipal más numeroso del Ayuntamiento.
Sin embargo, cuando en los primeros días de julio de 1899 se designó un nuevo alcalde de Guadalajara, el cargo recayó en el liberal Lorenzo Vicenti Martín, pues el nombramiento de los alcaldes era competencia del Consejo de Ministros y no de los concejales electos. El cabeza de los republicanos, Manuel Diges Antón fue nombrado primer teniente de alcalde y asumió otras responsabilidades como, por ejemplo, presidir la Comisión Municipal de Instrucción Pública.
En abril de 1901 la marquesa de Villamejor, madre del conde de Romanones, nombró a Lorenzo Vicenti su apoderado general, por lo que él y su familia se prepararon para trasladarse a Madrid. El alcalde no quiso renunciar a la alcaldía y pretendió mantenerse en el cargo pidiendo sucesivas licencias temporales para justificar sus dilatadas ausencias. En el mes de junio, el pleno municipal arriacense concedió a Lorenzo Vicenti la licencia para trasladarse a Madrid y, al no haber un cese explícito, asumió la alcaldía el primer teniente de alcalde. Pero como la ausencia permanente del primer edil podía hacer ingobernable a la ciudad, a principios de julio Vicenti presentó formalmente su dimisión, y Manuel Diges pasó a ser alcalde de la capital alcarreña.
Que un republicano federal alcanzase la alcaldía de una capital de provincias era una singularidad que no podía durar mucho tiempo, sobre todo cuando faltaban pocos meses para que Alfonso XIII, alcanzada la mayoría de edad, jurase la Constitución y estrenase su reinado efectivo. Así que el gobierno decidió reemplazar las seis concejalías vacantes por distintos motivos con ediles nombrados directamente por el gobierno sin esperar a su elección popular en los siguientes comicios.
Además, para encubrir lo que era un pucherazo electoral en toda regla, se denunció que se habían detectado diversas irregularidades en las obras de reforma de la Casa Consistorial, unos trabajos que se prolongaban en el tiempo desde años atrás. Acusando de mala administración, y sembrando la sombra de la duda de una apropiación de los fondos municipales, se quería justificar y recabar el apoyo popular a lo que sólo era una cacicada.
Manuel Diges advirtió al gobernador civil que dos de los concejales interinos nombrados estaban incapacitados legalmente para el cargo, pero desde el Gobierno Civil se le obligó a ejecutar la orden de darles posesión, y así el 12 de septiembre el conservador Francisco Julianis fue nombrado nuevo alcalde de Guadalajara por decisión gubernativa, con el apoyo de una mayoría artificial de concejales, y se cesó a Manuel Diges. No por eso decreció el amplio apoyo popular a los republicanos arriacenses, y todavía dos años después la prensa afirmaba, con motivo de una asamblea federal: “Medio Guadalajara va á trasladarse á Madrid, con su alcalde republicano Sr. Diges y el director de su periódico Sr. García Molina-Martell honorable catedrático, á la cabeza, a una asamblea federal”.
Los concejales republicanos sabotearon al nuevo ayuntamiento que un mes después no había podido reunirse en pleno, convocado en dos ocasiones, por falta del número mínimo de ediles asistentes. La denuncia que la mayoría republicana del concejo arriacense hizo de la farsa municipal y la defensa de su línea de actuación al frente del municipio, se recogieron en la prensa provincial, con especial eco en El Republicano, y llegaron a los medios periodísticos de ámbito nacional.
No volvieron los republicanos a ocupar la alcaldía de Guadalajara hasta 1931; solamente el médico y concejal republicano Rafael de la Rica Albo fue designado alcalde accidental de Guadalajara en marzo de 1902 por concederse licencia por enfermedad al titular, el también médico y antiguo concejal republicano José López Cortijo, y estar ausente el primer teniente de alcalde, Manuel Diges Antón.
Volvió a presentarse, sin éxito, a las elecciones municipales de 1903, pero resultó de nuevo elegido concejal de Guadalajara en las elecciones de 1909, en las que, por primera vez, competía con candidatos obreros avalados por la Federación de Sociedades Obreras alcarreña.

Su actividad social
Esta constante labor política y económica se vio acompañada de una presencia social muy destacada; Manuel Diges, y sus hermanos José y Juan, participaron en incontables actos de la sociedad alcarreña de su tiempo. Fueron miembros activos del Ateneo que, con distintos nombres, existió en Guadalajara durante el último cuarto del siglo XIX, y él formó parte en varias ocasiones de su Junta Directiva. Socio del Ateneo Instructivo del Obrero desde su fundación, en el otoño de 1891 impartió allí su primera conferencia pública con el tema “Un poco de Astronomía”, ciencia a la que era muy aficionado. En 1897 y 1898 fue elegido vicepresidente de este Ateneo, que en esos años fue dirigido por varios militantes republicanos como Anselmo Arenas, Tiburcio Fernández, Miguel Mayoral Medina y otros. Al mismo tiempo, en los años 1895 y 1896, estuvo asociado, como sus hermanos, en el Ateneo Escolar Caracense,
En 1899 se fundó en Guadalajara una Liga de Contribuyentes, inspirada en el espíritu regeneracionista que se alimentó del desastre colonial de 1898, que estaba constituida por “personas de gran autoridad y prestigio que, dejando á un lado todo interés mezquino y sin más norte que las conveniencias del país productor, [la] han dado vida”. Su directiva reunía a Manuel Diges Antón con Clemente Alvira, Santos Bozal, José María Solano, Ramón Villarino y José María Sanz. Y en 1908 fue vocal patronal de la Junta Local de Reformas Sociales.
Manuel Diges también colaboró con la prensa alcarreña, aunque fuese ocasionalmente, y algunos artículos suyos se publicaron en El Ateneo Caracense o en La Alcarria Ilustrada.
JUAN PABLO CALERO DELSO