Licencia de uso y reprodución

El contenido de las biografías publicadas en este Diccionario Biográfico de la Guadalajara contemporánea es propiedad de sus autores, cuyo nombre aparece al pie de cada texto.
Los textos y las imágenes que los acompañan se publican en el blog bajo licencia Creative Commons, que autoriza a copiar y distribuir su contenido, con o sin modificaciones, para uso público o privado, siempre que no se use para fines comerciales y que se cite a los autores y la fuente de procedencia.
Archivo:CC-BY-NC-SA.png

sábado, 18 de noviembre de 2017

ISIDRO ALMAZÁN FRANCOS

ALMAZÁN FRANCOS, Isidro
[Málaga del Fresno, 7 de noviembre de 1888 / Aravaca, 27 de agosto de 1936]

Isidro Leandro Almazán Francos nació el 7 de noviembre de 1888 en el pueblo de Málaga del Fresno, en la provincia de Guadalajara, y falleció en Aravaca, entonces un pequeño caserío a las afueras de Madrid, el 27 de agosto de 1936. Era hijo de Francisco Almazán Peñafiel y Ana Francos Rodríguez, un matrimonio de sencillos labradores que tuvieron otros dos hijos: Ana, religiosa, que después de secularizarse fue Inspectora de Trabajo, y Francisco, magistrado de Trabajo. Recibió en su bautizo el nombre de su tío, Isidro Almazán Peñafiel, que era sacerdote.

Su carrera docente
En su pueblo natal realizó sus primeros estudios, antes de ingresar en el Instituto de Guadalajara para seguir los cursos de Bachillerato, examinándose para obtener el título de maestro. En 1907 era maestro interino de El Olivar, y ya entonces se destacó por promover una campaña para reclamar los derechos de los maestros interinos que llevó su descontento hasta el Congreso de los Diputados. En octubre de 1908 consiguió su primer destino definitivo en Humanes de Mohernando, ejerciendo después el magisterio en distintas escuelas de su provincia natal, como la de Atienza, en donde le encontramos en 1912. En todos sus destinos se mostró muy activo en defensa de los intereses de los maestros y sus Asociaciones, como recogía en sus páginas la revista profesional El Magisterio Contemporáneo.
En enero de 1909 fue uno de los primeros firmantes un Manifiesto para erigir un monumento en Guadalajara a Álvaro de Figueroa, conde de Romanones, en agradecimiento al Real Decreto que, bajo su inspiración como ministro de Instrucción Pública, incluyó el salario de los maestros y los gastos de las escuelas en los Presupuestos del Estado, resultando elegido Contador de la comisión encargada de llevar a buen término el proyecto.
En 1921 consiguió por oposición un destino en la Escuela Nacional Modelo de Madrid y en 1925 en la escuela unitaria número 6 de la misma ciudad; más adelante, fue director de la sección de niños del Grupo Escolar Menéndez Pelayo. Asimismo, dirigió la Institución Divino Maestro, una residencia universitaria fundada en 1927 por el Arzobispo de Madrid Leopoldo Eijo y Garay que acogía a 400 estudiantes de magisterio. También impartió docencia durante algún tiempo en el Centro de Enseñanza de la Editorial Reus, concretamente figuraba entre los profesores de la sección de Magisterio.
Su traslado a Madrid en 1921 le abrió nuevas perspectivas profesionales que quiso cumplir por medio de la Junta para la Ampliación de Estudios, centro oficial de inspiración krausista, a la que solicitó ayuda en dos ocasiones. En 1921 pidió ser incluido en uno de los grupos de maestros que visitaban otros países europeos para conocer determinados aspectos de su sistema educativo; concretamente, Isidro Almazán estaba interesado en la delincuencia infantil, asunto al que ya había dedicado varios artículos y conferencias cuya relación que adjuntaba a su solicitud.
Diez años después volvió a dirigirse a la JAE, en esta ocasión en una solicitud conjunta con África Ramírez de Arellano que dirigía la sección de niñas del colegio público Menéndez Pelayo, para visitar Bélgica y conocer de cerca el método pedagógico de Ovide Decroly, con el propósito de aplicarlo en su centro educativo madrileño. En junio de 1931 comenzó su gira por Bélgica, visitando distintas escuelas y centros superiores, aunque solicitó poder adelantar su regreso “pues la vida es muy cara y difícilmente puede pasarse”.

Su acción política
De fuertes convicciones cristianas, fue un activo propagandista de los principios del magisterio católico en la convulsa España de su tiempo, alcanzando la presidencia nacional de la Confederación Nacional de maestros católicos. También perteneció a la Asociación Católica Nacional de Propagandistas (ACNP), que articuló a la intelectualidad confesional española, bajo la influencia del cardenal Ángel Herrera Oria. En 1919 ya participó en una gira de propaganda por Andalucía, con el objetivo de frenar la creciente influencia del anarquismo entre los jornaleros, y con el encargo específico de organizar a los niños de las escuelas y formar mutualidades escolares católicas. También sabemos que visitó con este mismo motivo otros lugares, como Los Santos de Maimona, en Badajoz.
Isidro Almazán también participó activamente en política y en 1921 se hizo cargo de la secretaría particular del Subsecretario de Gracia y Justicia en el gabinete conservador que presidía Manuel Allendesalazar y en el que Vicente Piniés Bayona era su ministro. En febrero de 1930, nada más finalizar la Dictadura primorriverista, le fue concedida la cruz de caballero de la Orden del Mérito Civil.
A raíz de la sublevación del Ejército de África fue detenido por milicias leales a la República y murió fusilado en la localidad madrileña de Aravaca en agosto de 1936. Pocos días antes había sido decretada su “cesantía” como maestro nacional y director del grupo escolar Menéndez y Pelayo. Al acabar la Guerra Civil, en abril de 1939, se cambio el nombre de una serie de grupos escolares de Madrid y al llamado Luis Bello, en el barrio de Prosperidad, se le denominó Isidro Almazán. También en su provincia natal el Delegado de Educación Nacional de Guadalajara, Antonio Velasco, solicitó en marzo de 1942 que se diese el nombre de Isidro Almazán al colegio público del Barrio de la Estación y el de División Azul al situado en la Plaza de Prim, propuesta que contó con el apoyo del Ayuntamiento y del Inspector Jefe de Educación, Lucio Yubero, que inició las gestiones para que así fuesen llamados.
Escribió numerosos artículos en la prensa profesional y católica, señaladamente en los diarios El Debate y ABC de Madrid y en los semanarios Flores y Abejas y La Crónica de Guadalajara, a veces con el seudónimo de “El maestro palmeta”. Fue director de la revista Atenas.
También publicó dos libros dedicados a la instrucción de los maestros: el Libro del opositor a escuelas, editado en 1915 en la imprenta de Antero Concha y que se vendía por el módico precio de una peseta, y La formación de maestros, que salió de las Gráficas Alpinas de Madrid en 1930, además del libro El párroco en la escuela, que se imprimió en la Tipografía Fénix de Madrid en 1923. Algunas de sus conferencias fueron recogidas en sendos libros que vieron la luz en 1918 y en 1936: las Conferencias pedagógico-sociales organizadas por la Escuela Española, escrito en colaboración con Alfonso Benito Alfaro y editadas en Madrid en la Imprenta del Asilo S. C. de Jesús en 1918, y Metodología y psicología educativa, obra impresa por la Federación de Amigos de la Enseñanza en 1936.
JUAN PABLO CALERO DELSO

sábado, 11 de noviembre de 2017

GREGORIO GARCÍA TABERNERO

GARCÍA TABERNERO, Gregorio
[Guadalajara, 4 de septiembre de 1780 / 3 de noviembre de 1865]

Gregorio García Tabernero nació en Guadalajara el 4 de septiembre de 1780 y falleció en la misma ciudad el 3 de noviembre de 1865. A los cuatro días de nacer, fue bautizado en la Iglesia Parroquial de San Nicolás, siendo apadrinado por su tío Gregorio García, veedor de la Real Fábrica de Paños de Guadalajara.

Su entorno familiar
Era hijo de Diego García y de María Tabernero. Tuvo dos hermanos: María, que murió en 1838, y Tomás, fallecido en 1848, que contrajo matrimonio con Eugenia Estúñiga. Su padre se había casado en primeras nupcias con Teresa Benito, con la que tuvo otros dos hijos: Diego e Ignacia García Benito.
Su padre, Diego García, era el alarife de la ciudad de Guadalajara y Maestro Mayor de obras de su Real Fábrica de Paños. Las manufacturas reales habían salvado a la capital alcarreña de la decadencia desde que abrieron sus puertas en 1719; en las últimas décadas del siglo XVIII aún daban empleo a miles de trabajadores y a muchas más hilanderas de Guadalajara y de las comarcas vecinas que abastecían sus telares. El alza de precios de los productos de primera necesidad, lo escaso de los salarios y las dificultades para que la fábrica diese beneficios provocaron constantes conflictos entre las autoridades y los trabajadores, que fueron especialmente graves en 1785, 1789, 1794 y 1797; la Real Fábrica de Paños de Guadalajara se convirtió así en un foco de inquietud social y en un crisol de las nuevas ideas políticas que estaban en la base del liberalismo decimonónico.
Los principales empleados de la Fábrica, como los hermanos Gregorio y Diego García que eran, respectivamente, veedor y maestro de obras, se convirtieron en líderes naturales de muchos vecinos de Guadalajara, desplazando al antiguo patriciado urbano o compartiendo el poder con él. Así Diego García fue Síndico Personero en 1773 y Diputado del Común en 1769, 1770, 1775 y 1776 y durante la Guerra de la Independencia fue el primer corregidor cuando Guadalajara estuvo bajo el control de José I Bonaparte, entre 1809 y 1813, cediendo el puesto a su consuegro, Mateo Tabernero, cuando la ciudad pasaba a estar ocupada por las tropas españolas.
Su madre, María Tabernero, era hija de Mateo Tabernero, que era el alarife de la Casa Ducal del Infantado en Guadalajara y representante, en alguna medida, de la familia Mendoza que tradicionalmente había dominado la ciudad, pero que ya no ejercía directamente el poder político municipal porque residía permanentemente en la Corte. En 1812 Mateo Tabernero fue el primer alcalde constitucional de Guadalajara y su sobrino Eulogio Tabernero fue propuesto por Diego García para regidor en ese consistorio, pero éste quedó en minoría y aquél no resultó finalmente elegido.
No cabe duda de que Mateo Tabernero ocupó los primeros cargos concejiles por su relación con el Duque del Infantado, que en el primer tercio del siglo XIX aún ejercía una influencia notable sobre la ciudad, del mismo modo que Diego García se valía de su empleo en la Real Fábrica, pero no puede negarse la habilidad de ambos para ir ganándose un espacio político propio en medio de las turbulencias de aquellos años.
Así pues, Gregorio García Tabernero era el heredero natural de dos familias que habían sabido convertir una influencia social basada en las realidades del Antiguo Régimen, la Casa Ducal del Infantado y las manufacturas de iniciativa real, en un poder político autónomo, nacido del vacío de poder y de las perturbaciones institucionales provocadas por la Guerra de la Independencia. Un poder que tenía una indudable base económica y que se identificaba necesariamente con el liberalismo más avanzado.
Gregorio García Tabernero se casó con Andrea Martínez Gutiérrez, nacida en la localidad de Alija de los Melones, hoy denominada Alija del Infantado, en la provincia de León, y que falleció en Guadalajara en el mes de mayo de 1850; era hija de Antonio Martínez y Antonia Gutiérrez. La estrecha vinculación de Mateo Tabernero con la Casa Ducal del Infantado se puso claramente de manifiesto con el matrimonio de su yerno con una mujer nacida en otro de los dominios de los Duques del Infantado. Es necesario reseñar que el Castillo-Palacio que la Casa del Infantado tenía en Alija fue incendiado el 29 de diciembre de 1808 por las tropas inglesas del general Sir John Moore en su retirada hasta La Coruña perseguidas por las columnas que encabezaba Napoleón Bonaparte. Al terminar la Guerra de la Independencia, se reconstruyó la fortaleza y, muy probablemente, el Duque del Infantado contó con la colaboración del alcarreño Mateo Tabernero para esa labor de restauración.
Gregorio García Tabernero y Andrea Martínez Gutiérrez tuvieron siete hijos: Joaquina (1810-1891), Manuel (1811-1844) Diego (1813-1898), Gregorio (1824-1894), Soledad, Clementina (1828-1891) y Micaela. Si el matrimonio de sus padres había permitido la unión de dos de las familias que habían dominado la política municipal alcarreña a partir de la Guerra de la Independencia, mientras su hermano Tomás García se casaba con una Estúñiga, los enlaces de sus hijos permitieron a Gregorio García Tabernero extender su influencia política, que se cimentó en una red de relaciones personales reforzada por enlaces matrimoniales que no podemos saber si fueron interesados pero que fueron, sin duda, tan convenientes como interesantes.
Joaquina García Martínez se casó con Félix de Hita Guzmán (1794-1885), vástago de dos familias del patriciado urbano que habían ocupado cargos concejiles en Guadalajara durante todo el siglo XVIII, y Diego García Martínez tomó por esposa a Casilda Gamboa González (1818-1888), que pertenecía a un linaje, los Gamboa, que contaban con su propia capilla funeraria en la catedral de Sigüenza, localidad donde residían habitualmente.
Se forjó así una élite endogámica formada por un puñado de familias que pertenecían al patriciado urbano o a la burguesía profesional o mercantil de la nueva provincia de Guadalajara, que habían disfrutado de cargos concejiles en el Antiguo Régimen o, en el caso de los que no eran nobles, desde las reformas municipales de Carlos III, y que habían irrumpido con fuerza en la nomenclatura política desde el arranque del conflicto en 1808, por lo que estaban identificadas con el liberalismo más progresista; los García, los Tabernero, los Estúñiga, los Hita y los Guzmán, los Gamboa de Sigüenza o los Montesoro del Señorío de Molina de Aragón habían emparentado con los hermanos, los hijos o los nietos de Gregorio García Tabernero. Y con lazos familiares más lejanos, también estaban unidos a los Romo o los Udaeta.
Gracias a la laboriosa formación de esta élite, su primogénito, Diego García Martínez, que heredó la influencia social y el liderazgo político de su padre, ocupó un escaño en el Congreso en 1854, 1863 y 1869 y fue senador en 1871, 1872 y 1881 y senador vitalicio desde 1886. Su otro hijo, Gregorio García Martínez, fue elegido alcalde de Guadalajara en 1861, 1868 y 1882 y presidente de la Diputación Provincial en 1854 y 1886.

Su acción política
La carrera política de Gregorio García Tabernero dio comienzo durante el Trienio Liberal. Fue alcalde constitucional de Guadalajara en dos períodos cruciales: entre el 16 de marzo de 1820, cuando con el triunfo del pronunciamiento de Rafael del Riego se restituyó la Constitución de 1812, y el 1 de enero de 1821, y desde el 1 de enero de 1823 hasta el 18 de mayo de 1823, cuando llegó a Guadalajara el general Bessieres y los ejércitos absolutistas. Entre ambos períodos, fueron alcaldes de la capital alcarreña Juan Antonio de Estúñiga, que ocho años antes ya había alternado el puesto con su padre, Diego García, y Antonio Pablo de Udaeta.
No fue menor su presencia en la vida social; en esos años fue subteniente de Caballería de la Milicia Nacional. Y también le encontramos como socio activo del Ateneo, la primera sociedad cultural de la Guadalajara decimonónica, una institución animada por la burguesía y basada en los principios de la Ilustración, que nació para animar el conocimiento científico y su aplicación práctica para la mejora de la sociedad provincial.
La restauración absolutista de 1823 frustró esta iniciativa y, como consecuencia, anuló toda la labor legislativa del Trienio. Gregorio García Tabernero pudo salvar su vida, a pesar de la represión desencadenada por la reacción absolutista, pero sufrió persecuciones y molestias durante toda la Década Ominosa (1823-1833), unos años que él mismo no dudo en calificar de aciagos.
Muerto Fernando VII, el regreso de los liberales a la escena política española devolvió a Gregorio García Tabernero un protagonismo desde entonces incontestado. En 1833 ya ocupaba un puesto en el ayuntamiento de la ciudad, en octubre de ese mismo año pertenecía a la Junta Local de Sanidad de Guadalajara y en el año 1835 era Secretario de la Comisión de Instrucción Primaria de la Provincia. Firmemente identificado con el liberalismo, formó parte de la comisión ciudadana designada con el objetivo de recaudar donativos para proveer de fondos a la lucha contra los carlistas.
También fue el promotor y primer presidente de la Sociedad Económica de Amigos del País, creada en Guadalajara el 27 de abril de 1834 por iniciativa del nuevo gobierno liberal, una institución que hasta entonces sólo existía en Sigüenza. Nacía para contribuir con sus conocimientos y experiencias al desarrollo de la agricultura, la industria y el comercio de Guadalajara, según declaraban sus promotores. Esta Sociedad celebró su primera sesión el 3 de mayo de ese mismo año bajo la dirección de Gregorio García Tabernero, que pronunció un discurso que resumía el ideario liberal e ilustrado que sostenía la élite progresista que se estaba conformando en la provincia. En dicha sesión se decidió que la Sociedad de Guadalajara se regiría por los Estatutos de la establecida en la capital del reino y se eligió una Junta Directiva formada por Gregorio García Tabernero, Ambrosio Lillo, Manuel José de Aguilera, José Noreña y Casimiro Chávarri. En la prensa oficial de la provincia se publicaron algunos de sus informes para la Sociedad.
En diciembre de 1839 fue elegido alcalde primero para el año 1840, pero no pudo cumplir su mandato pues la Diputación Provincial, presidida por Patricio de la Escosura, declaró nula su elección y la de José Domingo de Udaeta Ferro, siendo nombrados en su lugar Gabino García Plaza y Pedro Villapecellín; tampoco ellos pudieron completar su mandato ya que, antes de que acabase ese año, una revolución progresista puso brusco final a los gobiernos moderados y a la regencia de María Cristina de Borbón. En Guadalajara, Gregorio García Tabernero estaba a la cabeza de la Junta Revolucionaria que devolvió el poder a los progresistas. Durante toda esta etapa fue diputado provincial por el partido judicial de la capital, asistiendo el 3 de julio de 1841 a la primera sesión de la nueva corporación, y dio paso a su hijo Diego García Martínez, que empezó entonces su carrera política haciéndose cargo en 1841 de la alcaldía de la capital alcarreña.
En 1843 Gregorio García Tabernero ya se había convertido en el principal líder del liberalismo progresista alcarreño como demostró formando parte de la Junta Provisional de Gobierno que precipitó la caída de Baldomero Espartero. En 1844 le encontramos formando parte de la Comisión Provincial de Monumentos históricos y artísticos, que era la encargada de inventariar el patrimonio eclesiástico desamortizado que, por su importancia, debía de ser preservado. No deja de ser significativo que uno de los mayores compradores de bienes desamortizados fuese, al mismo tiempo, uno de los responsables de dictaminar su valor artístico; un ejemplo más de la mezcla de intereses públicos y privados que caracterizó a la Década Moderada.
Cuando los progresistas volvieron al poder, tras la Revolución de 1854, Gregorio García Tabernero había abandonado la primera fila de la política provincial; importunado por su lealtad al liberalismo progresista y marginado de las instituciones por los gabinetes moderados, se refugió en sus intereses particulares. Fueron sus hijos quienes, desde entonces y hasta su muerte, tomaron el relevo de la larga trayectoria política de su padre.
Profesionalmente, Gregorio García Tabernero era abogado y procurador de los Tribunales Nacionales, con un prestigioso bufete abierto en Guadalajara. Pero, sobre todo era un rico propietario agrícola con viñedos y bodega en Guadalajara y dueño de varios inmuebles en la misma ciudad.
Fue un excelente hombre de negocios, que supo aprovechar las oportunidades que se le ofrecían. Si en el año 1798 se le estimaban a su padre unas rentas anuales de sólo 2.684 reales, en 1834 disponía de rentas anuales que en poco superaban los 11.000 reales, habiendo conseguido multiplicar el patrimonio familiar a pesar de la crisis económica que la ciudad de Guadalajara había sufrido con la Guerra de la Independencia y el consiguiente cierre de su Real Fábrica de Paños.
Pero diez años más tarde, en 1844, Gregorio García Tabernero era el segundo contribuyente de la capital alcarreña por la cuota de bienes inmuebles y subsidio industrial y de comercio, sólo superado por el Conde de Osuna y Duque del Infantado, lo que demuestra que la Desamortización puesta en marcha a partir de 1835 le permitió enriquecerse extraordinariamente. Sabemos por su testamento que durante esos primeros años no dudó en endeudarse y pedir préstamos para pujar por los bienes desamortizados, con la seguridad de que obtendría grandes beneficios con la adquisición de esos bienes de manos muertas puestos a la venta por el nuevo Estado liberal.
Por su testamento, sabemos que hacia 1850 sus bienes sumaban más de 1.300.000 reales y que sus fincas rústicas y urbanas se extendían por buena parte de la provincia, muy especialmente en la ciudad de Guadalajara y en los pueblo limítrofes (Horche, Cabanillas del Campo, Alovera, Ajalvir, etc.).

Elección y actividad parlamentaria
Fue elegido Diputado a Cortes por Guadalajara en tres ocasiones, aunque casi siempre vio frustrado su interés por sentarse en la cámara legislativa. El 3 de diciembre de 1821 se celebró en la Sala Capitular de la Casa Consistorial de Guadalajara una reunión de electores, presidida por el Jefe Político Joaquín Montesoro Moreno, para la designación de los dos diputados que enviaría al Congreso la circunscripción de Guadalajara y en la que fue elegido Diputado Suplente; sin embargo nunca fue requerido su concurso para sustituir a ninguno de los dos Diputados de la provincia, por lo que no tomó posesión de su escaño.
Muerto Fernando VII, volvió a ser designado Diputado a Cortes por el distrito de Guadalajara. El 30 de junio de 1834 se reunieron en la Casa Consistorial de Guadalajara los electores de la provincia, votando a Gregorio García Tabernero y a Baltasar Carrillo Manrique, marqués de Espinardo, como sus representantes en el Estamento de Procuradores; sin embargo lo escaso de las rentas de Gregorio García Tabernero, casi mil reales menos de los 12.000 que por aquel entonces eran preceptivos, impidió de nuevo su toma de posesión. Aunque escribió una carta al Estamento de Procuradores poniendo de manifiesto sus cuantiosos recursos económicos, que sólo temporal y circunstancialmente eran inferiores a los requeridos, y su constante fidelidad al liberalismo a pesar de los perjuicios que le había ocasionado, la Cámara no aceptó sus alegaciones y, finalmente, fue sustituido por Lorenzo Romo y Gamboa.
Después de las elecciones a Cortes Constituyentes celebradas el 2 de octubre de 1836, fue nombrado una vez más representante de la provincia, pudiendo finalmente tomar posesión de su escaño en unos comicios que dieron el triunfo a los progresistas.
Además de firmar como diputado la Constitución progresista de 1837, desarrolló una actividad parlamentaria muy notable, que también nos permite descubrir sus intereses y preocupaciones. Formó parte de la Comisión para el restablecimiento de los decretos y leyes derogados por la reacción absolutista y por el Estatuto Real, clave del arco de la interpretación progresista de la Constitución de 1812, y de la Comisión de Libertad de Imprenta.
Sus intervenciones en el Congreso de los Diputados fueron en el mismo sentido: sobre el proyecto de Constitución que finalmente se aprobó en 1837, sobre las infracciones a la Constitución antes vigente de 1812, sobre la libertad de imprenta y sobre las diputaciones provinciales. Pero también se mostró muy activo en los asuntos económicos, y habló en los debates sobre los Presupuestos del Estado y las contribuciones, sobre empleos, sueldos y pensiones de los funcionarios públicos y sobre la ley de señoríos.
También participó en la discusión parlamentaria sobre la redención de quintos, un tema que le afectaría personalmente por haber tenido que pagar en 1842 una redención en metálico para librar del Servicio Militar a su hijo Gregorio García Martínez, abonando al mozo que le reemplazó la enorme cantidad de 4.160 reales.
En 1837 volvió a presentarse a los comicios para renovar su escaño en el Congreso en las primeras Cortes después de la aprobación de la Constitución progresista. Aunque obtuvo un amplio respaldo en la circunscripción de la capital provincial y su comarca, en el cómputo final fue superado por los candidatos moderados. Los parlamentarios electos fueron José Muñoz Maldonado, Santos López Pelegrín, y Manuel Hidalgo Calvo, y los senadores Joaquín Montesoro Moreno, Severiano Páez Xaramillo, Ramón López Pelegrín, José Fernando Gamboa, y el marqués de Embid. Hacían falta dos diputados suplentes, que tuvieron que ser elegidos de entre los siguientes candidatos: Ángel Lagúnez, Gregorio García Tabernero, Agustín Sevillano, Francisco Romo y Gamboa, Ambrosio Tomás Lillo y Félix de Hita, y un senador suplente que fue elegido entre Bonifacio Fernández, Lorenzo Romo y José Santos de la Hera. Finalmente, fueron elegidos Francisco Romo y Agustín Sevillano y Bonifacio Fernández como senador suplente.
Por último, en 1841 fue elegido senador, pero no llegó a tomar posesión de su escaño en la Cámara Alta por impedimentos legales.
JUAN PABLO CALERO DELSO

sábado, 4 de noviembre de 2017

BALTASAR CARRILLO MANRIQUE

CARRILLO Y MANRIQUE, Baltasar
[Arbeteta, 28 de noviembre de 1770 / ]

Baltasar Carrillo Manrique, o más apropiadamente Baltasar Joaquín Mariano Carrillo Lozano Sicilia y Manrique nació el 28 de noviembre de 1770 en el pueblo de Arbeteta, en la Baja Alcarria, del que su familia tenía el señorío desde el siglo XVI, de la mano de Gómez Carrillo de Sotomayor, y en el que sus padres ocupaban una posición tan preeminente que a su muerte fueron enterrados en el crucero de su iglesia parroquial. Era hijo de Baltasar Antonio Carrillo, familiar del Santo Oficio de Cuenca, y de Brígida Lozano Manrique. Fueron sus abuelos paternos Gaspar Carrillo de Toro y Magdalena Sicilia y los maternos Miguel Lozano Alcolea y Mariana Manrique.
Estudio en el Seminario de Nobles de Madrid, sucesor del Colegio Imperial que regentaban los jesuitas hasta que en 1767 fueron expulsados de España por el rey Carlos III, y en julio de 1785 fue uno de los alumnos examinados públicamente ante Carlos IV para mostrar el alto nivel de instrucción de los estudiantes. Al completar sus estudios no quedó al frente de la fábrica de vidrio y cristal que su padre había abierto en Arbeteta, y de la que nos habla Francisco Larruga, y optó por dedicarse a la ganadería lanar en las comarcas serranas de la provincia de Guadalajara, ocupación que ejercía su familia materna.
Desde que en julio de 1796 falleciese su tío, Juan Antonio Lozano Manrique, se trasladó a Atienza, para ocupar el puesto de regidor perpetuo de esta villa que había heredado de su tío. En 1804 aún le encontramos residiendo en Atienza, pues en ese año Francisco Chicharro, alcalde de la cuadrilla de Atienza del Honrado Concejo de la Mesta, pleiteó contra él por negarse a sufragar allí los derechos de ganadero alegando haberlos satisfecho en la cuadrilla del Ocino; perdió el pleito y en abril de ese año se le obligó a pagar en la cuadrilla de Atienza por tener allí su domicilio.

En la Guerra de la Independencia
La Guerra de la Independencia, que conmovió profundamente los cimientos del Imperio español, también perturbó la vida de muchos españoles. Baltasar Carrillo Manrique se unió a la resistencia contra el rey José I Bonaparte y su régimen títere y fue miembro de la Junta de Armamento y Defensa de Guadalajara y el 25 de abril de 1813 asistió en la localidad de Anguita, por no estar aún liberada la capital, a la constitución de la primera Diputación Provincial de Guadalajara para la que fueron elegidos Joaquín Montesoro Moreno, Francisco Hernanz de Vargas, Baltasar Carrillo Manrique, Ventura Zubiaur, Fernando García del Olmo, Félix Herrero Valverde, párroco de Iriepal, y José López Santa María, canónigo de Sigüenza. En recompensa a su patriótica conducta durante el conflicto, el 28 de octubre de 1815 se le concedió la distinción de caballero de la Real Orden de Carlos III. También fue nombrado regidor perpetuo de la villa de Atienza.
Como la mayoría de los ricos propietarios de las comarcas más septentrionales de la provincia de Guadalajara, su riqueza estaba asentada en la ganadería lanar trashumante, por lo que entre 1840 y 1843 figuró en la Comisión Permanente de la Asociación General de Ganaderos del reino, entidad de derecho privado que representaba los mismos intereses que la antigua Mesta, disuelta por exigencias del liberalismo doctrinario.
Su vasto patrimonio familiar se vio sustanciosamente incrementado con la Desamortización eclesiástica decretada por Juan Álvarez Mendizábal en 1836. Baltasar Carrillo pujó por 1.169 fincas que ocupaban 837 hectáreas, por las que pagó al Estado un monto total de 483.476 reales. Sólo en 1840 se hizo en Romanillos de Atienza con la propiedad, que antes había sido del convento de Franciscos observantes de Atienza, de 123 fincas rústicas, que sumaban 155 fanegas y 10 celemines, un lote que fue tasado en 27.167 reales y que él se adjudicó como mejor postor por 38.000 reales.
La confusión entre ideología política e intereses económicos siempre estuvo presente en su biografía personal. En el año 1820, cuando era alcalde constitucional de Atienza, envió una Exposición que se debatió por las Cortes en su sesión del 2 de agosto, en la que sostenía que el estado ruinoso de la población rural se debía “a la injusta y desproporcionada contribución de los diezmos y primicias”. Ponía como ejemplo a un labrador y yuntero de su comarca que sembrase en renta 20 fanegas de tierra y cosecha 90 fanegas de grano sólo le restaban, después de pagar todas sus obligaciones, unas 33 fanegas para pagar a los segadores y asegurar el sustento familiar hasta la próxima cosecha.

En el reinado de Isabel II
El 10 de abril de 1834 la regente, María Cristina de Borbón, firmó un nuevo marco legal que conocemos como Estatuto Real, y que, como su propio nombre indicaba, ni era una Constitución ni reconocía la soberanía nacional, pero establecía un sistema parlamentario bicameral. El 10 de junio se celebraron las elecciones para el Estamento de Procuradores, de las que salieron como representantes de la recién estrenada provincia de Guadalajara el moderado Baltasar Carrillo Manrique, que obtuvo el aval de los 18 electores que acudieron a la votación, y el progresista Gregorio García Tabernero, que posteriormente fue excluido por carecer de las rentas necesarias para ejercer el sufragio pasivo.
Presentó la documentación pertinente, avalada por Gregorio García Tabernero, el día 20 de agosto de 1834, siendo aprobada el acta en el pleno de las Cortes dos días después. Sin embargo, no juró su cargo y por lo tanto no tomó posesión de su escaño hasta el 30 de octubre de 1834 a causa de su mala salud, que ya se puso de manifiesto en el pleno de la Cámara celebrado el 6 de septiembre de 1834. Aún obtuvo dos licencias más por enfermedad en el año 1835, concedidas por un mes el 12 de febrero y por dos meses el 24 de abril, por lo que su actividad parlamentaria fue muy escueta. Durante su paso intermitente por la Cámara Baja, en todo momento se alineó con el gobierno de Francisco Martínez de la Rosa, que estaba sustentado por 111 de los 188 procuradores que formaban la Cámara.
Disueltas las cámaras, volvió a sus ocupaciones en Atienza, donde el día 15 de febrero le sorprendió la ocupación de esa villa por la partida carlista que comandaba el canónigo de Sigüenza Vicente Batanero, que sumaba por entonces 240 hombres de a pie y 60 a caballo. Baltasar Carrillo, se escondió en el pajar de su casa pero una sirvienta, ante el temor de que los guerrilleros le matasen sin advertirlo por la ferocidad con la que le buscaban, delató su escondite y fue apresado. Ni su avanzada edad, sesenta y cinco años, ni su delicado estado de salud, ni las peticiones del alcalde, sacerdotes y vecinos de Atienza convencieron a los carlistas para que le dejasen con su familia, y el canónigo Batanero se lo llevó consigo con la idea, según dijo, de llevárselo como rehén a Don Carlos de Borbón y canjearlo por algún destacado prisionero carlista.
El día 20 la partida se encontraba a la vista de Beleña cuando fue atacada por una columna del ejército liberal. Cuando sonaron los primeros disparos, la caballería que montaba Baltasar Carrillo se asustó, los carlistas le dispararon para impedir su huída, pero en su precipitación no le acertaron y, en medio de la confusión, pudo el rehén abandonar el escenario de la batalla, ocultarse y, en la mañana del día 21, llegar hasta Muriel y solicitar una cabalgadura en la que marchó hasta su casa en Atienza.
En los comicios legislativos celebrados el 26 de febrero de 1836 fue elegido Miguel Calderón de la Barca, que no ocupó el escaño porque optó por el acta que había ganado en Madrid, por lo que fue sustituido como representante parlamentario de la provincia de Guadalajara por Baltasar Carrillo Manrique, que el 10 de marzo fue reelegido por una amplia mayoría, con el respaldo de 15 de los 18 electores, en parte como desagravio por las penurias sufridas a manos de los carlistas. Juró y tomó posesión de su escaño el 22 de marzo de 1836 en el que permaneció hasta la disolución de las Cortes el 23 de mayo de 1836. Durante estos meses sus problemas de salud, lejos de haberse resuelto, habían empeorado a causa de su captura por los carlistas; así pues, no es de extrañar que en mayo de 1836 recibiese un nuevo permiso por enfermedad para que permaneciese en su casa durante los dos meses siguientes.
En esta breve primera legislatura de 1836 se mantuvo coherentemente en las filas del liberalismo más conservador, aunque en esta ocasión estuviese en franca minoría, pues de los 149 procuradores que pertenecían al Estamento de Procuradores, 119 pertenecían a la mayoría progresista, como Joaquín Verdugo y Lizaur que también representaba a Guadalajara, y sólo treinta a la oposición.
La agitación política que sacudía al país, con el trono de Isabel II acosado por los carlistas y defendido por los liberales que se desgarraban en luchas intestinas, forzó a la Regente a disolver las Cámaras cuando sólo hacía pocos meses que se habían constituido y convocar un nuevo proceso electoral para julio de 1836. En estos comicios sólo salió elegido por mayoría absoluta en la primera vuelta el moderado Ambrosio Tomás Lillo. Para las ternas de los otros dos diputados fueron elegidos: Francisco Romo y Gamboa, Baltasar Carrillo Manrique y Joaquín Berdugo, para la primera, y Alfonso Peralta, Jacinto Garrido y Joaquín Montesoro, para la segunda. Aunque volvió a ser elegido, en esta ocasión no pudo Baltasar Carrillo Manrique tomar posesión de su escaño pues una revolución progresista hizo que se convocasen nuevas Cortes para ese otoño sin que nunca se hubiesen reunido las elegidas en ese mes de julio.
Sus contadas intervenciones en las Cortes estuvieron, como ya hemos señalado, encaminadas a defender sus intereses particulares y los de los demás ganaderos castellanos. En una ocasión defendió que el gobierno concediese 179.000 reales al Honrado Concejo de la Mesta y en una segunda oportunidad solicitó que se autorizase a los ganaderos que precisasen grandes contingentes de sal para que pudiesen abastecerse directamente en las salinas, sin tener que hacerlo en los alfolíes costeando su transporte.
JUAN PABLO CALERO DELSO